Encrucijada

Anochecía en la campiña, y como era la costumbre, todo el mundo se había retirado a sus habitaciones, el silencio de la casa se veía interrumpido por el zumbido del viento, que abrazaba las ramas para mecerlas unas contra otras, rompiendo la independencia de su quietud.


En mi habitación, el resplandor del candelabro iluminaba débilmente la espaciosa alcoba, las sombras habían ganado a la luz, pero si me esforzaba podía observar las fotografías del álbum que había descubierto sobre una de las mesas.
Eran fotos antiguas de familia, de gente que jamás había visto, veía hombres y mujeres con rostros serios, como incapaces de sonreir, sin sentimiento alguno, no los identificaba , mujeres inmóviles, temerosas paradas  junto a sus hombres que aparecían sentados cómodamente. Mis ojos comenzaron a mostrar el cansancio del día, pues por momentos se cerraban y luego como en un arrepentimiento reaccionaban y se negaban a dejar de mirar, pero pudo más mi fatiga.
Cerré el álbum y recostada sobre el almohadón de la cama empecé a dormitar. De pronto como en un acto de magia la última foto que había contemplado apareció en mi mente, clara, podía verla como si tuviera la imagen frente a mí.
Una mujer en camisón se miraba en el espejo, era una mujer mucho mayor, parecía  enferma, pues aunque estaba de espaldas se la veía reflejada en él, y a su lado otra dama , con cabello negro recogido, con mirada maligna, ojos de un color de negro odio y en cuyas manos se descubría un puñal. Esto lo podía notar porque lo extraño era que miraba  hacia  el fotógrafo, pero yo sabía  que a la que observaba, que a quien dirigía esa perversa mirada era a mí. Un escalofrío recorrió mi espalda, abrí los ojos y vi la oscuridad que había avanzado sobre el halo de luz tenue que emanaba del candelabro. El temor de un peligro cercano se fue apoderando de mi.
Busqué el albúm de fotos y comencé a pasar las hojas velozmente pues había algo en esa fotografía que había despertado un pánico incomprensible  y quería ver esa imagen una vez más con mayor detenimiento.
Cuando la hallé mi sorpresa inicial se transformó en terror, la mujer que yo había visto no estaba más, sólo estaba la señora mayor en camisón mirándose en el espejo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía desaparecer una persona de una fotografía? Mientras seguían mis ojos fijos en aquella foto descubrí que el lugar donde habían tomado la fotografía era el mismo dormitorio donde me encontraba, me levanté presurosa  por los hallazgos que estaba realizando minuto a minuto. Me di cuenta que ni siquiera me había desvestido.
Caminé presurosa hacia el espejo y allí descubrí horrorizada, que a un costado estaba la mujer mayor boca abajo, sobre un charco de sangre oscura y espesa. Mi grito de horror se quedó ahogado en mi garganta, porque mi expresión de sorpresa y espanto fue mayor cuando miré hacia el espejo y vi que la mujer con mirada maligna era yo.

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