El Callejón

Semana extraña para Alfredo Güemes, se acostó junto a su esposa muy cansado, lo último que pensó antes de dormirse  fue que los años le estaban pesando. Se pasó la semana en trámites, ventanilla tras ventanilla, pero ninguno de los empleados de la repartición sabía decirle  dónde debía realizarlos, el fracaso lo confundió. Tuvo que recurrir a su hija para conseguir los pañales que Amalia necesitaba, hacer el cambio de médico de cabecera, y otros tantos quehaceres. Finalmente decidió darle un poder, si al fin y al cabo ella lograba en horas, lo que a él le resultaba una lluvia de obstáculos. Se durmió con ese pesar.

Don Güemes era considerado por muchos como el fundador del barrio. Nadie sabía a ciencia cierta, si el populoso vecindario se había creado antes o después de su llegada. Lo cierto era que él llegó primero que la mayoría, cuando todo era baldío, cuando lo único que él quería, era un remanso que le fuera propio, en dónde su amor por Amalia echara raíces.

La calle donde estaba asentada su casa, no tenía continuidad, era un callejón, las construcciones habían llegado con los años, las viviendas se convirtieron en comercios a medida que los hijos se casaban,  y fallecían sus antiguos dueños, quedando sólo los Güemes. Lo único que se había mantenido de la antigua  orografía del  lugar era su vivienda, y  un canal  que  impidió  la continuación del pavimento,  conservando la presencia de árboles, malezas y aves. Pero  cuando la noche reinaba, la oscuridad invitaba a quienes preferían  ocultarse  en las sombras, sin embargo estos seres nocturnos nunca  interrumpieron la tranquilidad del anciano.

La música retumbó en toda la cuadra, era como pisadas de gigantes que hacían temblar el piso: Pum, pum, pum, pum. Los gritos llegaban a través de las rendijas de las aberturas, penetrando en todas las casas colindantes, pero particularmente rompiendo el profundo sueño de Alfredo.

El abuelo ante el estruendo que lo aturdió, por unos segundos no supo qué sucedía. Se levantó,  miró a Amalia, su sordera la protegía hacía tiempo, y caminó a tientas. La luz, que se filtraba desde la ventana del living, lo guió hasta allí, y observó que la cuadra estaba repleta de autos y de jóvenes que iban y venían, unos con una botella en la mano, otros sostenidos por sus parejas, y algunos recostados en  los vehículos.

Sin embargo esa noche su paciencia lo abandonó y decidió exigirles a los intrusos que se fueran. Se vistió con un pantalón viejo, una remera y en ojotas salió.

— ¡Oigan, no se puede dormir!

Los jóvenes lo miraron, pero siguieron como si nadie les hubiera hablado. Entonces insistió.

— ¡No se puede dormir!

Uno de ellos vestido con una gorra y ropa como tres talles más grandes le respondió:

— ¡Viejo váyase y deje de joder!—mientras blandía una botella a medio tomar.

El anciano quiso mirarle la cara pero sólo vio algo oscuro, tapado por la visera.

Entonces respondió a los gritos:

— ¡Quiero dormir, pero no se puede con este ruido!

El muchacho se volvió hacía sus amigos.

— ¡Bajen la música!

El silencio fue inmediato, casi mágico, entonces el abuelo giró su cuerpo y cruzó el jardín, pero cuando traspaso la puerta de entrada, el sonido y el pum, pum, pum, pum, se elevó mucho más, mientras se escuchaban los alaridos de festejo por la batalla ganada.

Furioso tomó el teléfono y marcó el 911.

Pum, pum, pum, pum.

—Policía de la Provincia—le respondió una voz femenina del otro lado

Pum, pum, pum, pum.

— ¡Quiero denunciar ruidos molestos! —comenzó a explicarse a los gritos, cuando fue interrumpido por la voz monótona y apática, tono que el anciano no pudo calificar, apremiado por su manifiesta necesidad de ayuda.

— ¿Hubo violencia?, ¿Lo golpearon, amenazaron, han dañado su vivienda?

Pum, pum, pum, pum.

— ¡No no! ¡No me dejan dormir, escuche! —acercó el tubo a la ventana—¡¿Escucha?!:

Pum, pum, pum, pum.

— ¡Es imposible vivir así!—exclamó.

Don Güemes indicó su dirección, y se quedó esperando con la promesa de que

estarían en media hora.

Pum, pum, pum, pum.

Pasó largo tiempo, y el pum, pum, pum, pum, pum, que provenía del exterior, se convirtió en un dueto con los latidos del  dolor de cabeza, que había comenzado durante esa espera que se le hizo eterna.

Pero él se mantuvo, atento en la ventana, listo para abrir en cuanto el personal policial llegara. Se negaba a admitir lo que el sentido común y el razonamiento lógico le advertía. Jamás aparecieron.

A las siete de la mañana, el callejón quedó en silencio. Las botellas, esparcidas a lo largo de la cuadra, testificaban lo que él aguantó durante toda la noche. Había jeringas, preservativos, vasos que habían contenido cualquier cosa. Tierra de nadie,se lamentó.

Miró su antiguo equipo de música, y llamó a Julián, su nieto, que tenía una banda de rock pesado. Le pidió un favor, el muchacho accedió y lo acompañó al negocio donde él conseguía sus instrumentos. El abuelo compró lo que necesitaba, y cuando llegaron a la casa el camión estaba esperándolos con lo adquirido.

Todavía escuchaba con satisfacción los elogios del vendedor:

—Es una torre de sonido multiusos, incluye todo lo que un melómano quiere.  Altura de un metro setenta,  permite que la música llegue a la altura de los oídos. Tiene potentes bajos a través de diez parlantes de diferentes tamaños, que posibilitan un sonido envolvente y expansivo. El sistema puede reproducir

la mayoría de fuentes de audio disponibles: DVD, CD, USB, Radio FM y servicios como Spotify. Se puede conectar a redes Wi-Fi o Bluetooth, y cuenta

con una entrada HDMI para conectarlo de manera sencilla a un televisor. ¡Es una masa! —le dijo orgulloso mientras apoyaba su mano sobre el parlante.

Trabajó con su nieto durante todo el día, alcanzándole las herramientas, porque él de tecnología moderna no entendía nada. Terminaron con tiempo para merendar y probar si lo habían hecho bien. El muchacho le recalcó que no era necesario que el parlante tuviera un cableado tan largo. No le contestó y el joven comprendió, tras años de compartir momentos, que su abuelo, cuando no quería opiniones, no lo escuchaba. Una vez que Julián se fue,  buscó sus antiguos discos de D´Arienzo, Troilo, Pugliese, Canaro y Tanturi.

La rutina de esa noche fue arropar a Amalia en la cama, la besó en la frente y tiró el frasco de clonazepam en la basura.

—Que duermas bien mi amor —. Ella sacó su mano arrugadita y tomó la suya, diciendo hasta mañana con una sonrisa. Él desde la puerta se despidió: Hemos vivido tanto amor, se lo dijo en pensamiento, su esposa ya había cerrado los ojos.

Salió al porche de su casa y esperó sentado en un sillón, luego de colocar el gran parlante a su derecha, el cableado llegaba justo. Estaba todo tan oscuro que no se lo distinguía, inmóvil en esa vigilia. A las doce de la noche los autos comenzaron a llegar, la música  empezó con el pum, pum, pum, pum, pum.

Alfredo tomó sus pastillas y encendió su equipo de música. Colocó el long play de pasta de D´Arienzo con el volumen al máximo. Fue una guerra, nadie escuchaba nada, o mejor dicho, todos escuchaban sonidos mezclados en forma caótica, auspiciando una explosión.

Pum, pum, pum, pum, pum.

El anciano aumentó el volumen, ellos también… Las puertas y los vidrios de las ventanas temblaban; todo lo que estuviera en una superficie, rebotaba y terminaba cayendo en el piso haciéndose mil pedazos. No había nada alrededor más que los contendientes que comenzaron a sangrar por sus oídos, nariz y ojos. Ninguno estaba dispuesto a retroceder, las mujeres que estaban allí comenzaron a desmayarse. La calle era una alfombra de cuerpos tendidos y vidrios rotos. Sólo quedaban en pie aquel joven que se le rio en la cara la noche anterior, y Alfredo.

El muchacho se acercó arrastrándose, la sangre  que brotaba de los lagrimales, de los orificios de su nariz y del costado de su rostro había manchado su campera. Lo mismo le había sucedido a Güemes que se mantenía en pie gracias al pilar que sostenía el techo.

— ¿Por qué? —dijo el muchacho sin poder continuar, mientras caía casi sin sentido a sus pies. Alfredo en realidad le leyó los labios, no podía escuchar y murmuró como para adentro.

—Te dije que quería dormir.

Cerró los ojos, no escuchó más nada.

COMO TODAS

La conocí en un colectivo, y como todas las chicas de su edad habló con una falsa tonada porteña, enviando un mensaje de voz:

—Hola gorda, me pasas el horario porfi, gracias. ¡Besos!

Estoy en Córdoba pensé, guardó su celular en la mochila de cuero, que estaba muy  de moda, y que usaban todas. Como todas llevaba su cabello lacio, en su defensa diré que era castaño oscuro y no rubio. Luego como si hubiera recordado que debía buscar algo, sacó su celular y con una mano, pues con la otra se sostenía del pasamano, miraba seguramente Instagram y contaría cuántos corazones había acumulado. Vestía como todas un jean negro ajustado, una campera sintética del mismo color con capucha y unos zapatos negros con tachas y plataforma. Ella se movía como si fuera diferente, debía creer  firmemente que era totalmente distinta a las otras, aunque le gustara ir a bailar al mismo lugar, tuviera en su habitación los mismos peluches y escuchara en Spotify la misma música una y otra vez.

De pronto noté que tenía una sonrisa de satisfacción, seguramente su selfie había conseguido miles de reacciones de sus miles e innumerables amigos virtuales. Ese día no me acerqué, sólo la miré, ella ni siquiera me notó, estuvo como la mayoría de los pasajeros mirando la pantalla de su celular, por lo cual seguramente si alguien les hubiera preguntado si vieron al hombre con la cicatriz en la mejilla izquierda, ni siquiera sabrían de quien le estaban hablando. Nadie notó que bajé del colectivo con ella. Ni que la seguí esa noche y tres noches más. Subí con ella al ómnibus durante tres semanas, todos los jueves. Ese era el día que tenía clases hasta las veintidós horas. Ella se bajaba como muchos en la ruta nueve, y caminaba tres cuadras hasta su casa. Por eso sabía que no había nadie que pasara ni siquiera en auto, más en Invierno.

Ese jueves fue diferente, porque por primera vez notó mi presencia, por primera vez vi en sus ojos el desagrado que provocaba mi cicatriz, y para qué decir mis ojos. Mis compañeros de la cárcel me dijeron muchas veces que tenía una mirada bastante fea, y una vez leí en las anotaciones que realizaba mi psicólogo que yo tenía un desajuste psicopatológico, con deseos de dominación y sometimiento. Mis pensamientos se esfumaron cuando noté que se alejó de mí en el pasillo del colectivo, e instintivamente decidí bajar a último momento con ella, aunque pensé que no debía hacerlo. La seguí desde lejos, luego apuré el paso, y finalmente me acerqué sin hacer el más mínimo ruido.

Ya está hecho, no es como las otras, será conocida como la séptima víctima del asesino de los colectivos. Yo guardo sus ojos que se llenaron de miedo en mi caja de recuerdos. Al otro día desperté temprano y compré el diario, tengo otro recorte para mi álbum de noticias policiales. Es mi segundo álbum.

Subí al colectivo y de pronto la vi. Ella era como todas…

El tiempo

Hoy me sorprendió mi hijo. Eran las diecisiete horas cuando,  en medio de una charla de esas que parecen tontas, pero que terminan siendo un hallazgo dentro de las veinticuatro horas del día y que, quizás, también se convierta en lo más destacable de los treinta días del mes y tenga un significado mayor —por lo cual lo recordemos aparte de las reuniones familiares, festejos de cumpleaños, y logros individuales de cada uno de los integrantes del grupo—. Como decía,  cuando eran las diecisiete horas y veinticinco minutos , Mauro me dijo —como si dijera algo ya reconocido—:  “El tiempo no existe, es un invento del hombre”, mientras buscaba una taza para hacerse un té y yo estaba sentada en la mesa con mi merienda a medio terminar. Me quedé muda, no sé cuánto tiempo estuve así mirándolo. Mientras, tomó un saquito de té, lo introdujo en la taza y luego vertió el agua caliente que había demorado en hervir unos diez minutos. Lo miré y no pude dejar de responderle: ”¿Vos querés decir que los nueve meses que te tuve en mi panza fueron imaginarios, o fue menos que un minuto y yo creo que fueron nueve meses?”. Él se me quedó mirando y agregó: “Tenés que ver la película Interestelar” y así dio por concluida la charla, pero yo no, apagué el televisor y lo miré con intriga:

—A ver explicame qué es el tiempo según vos

El sacó una factura del plato que estaba en el centro de la mesa y mientras saboreaba la crema pastelera que la adornaba  —como quien sabe realmente la verdad incuestionable—,  desarrolló la siguiente idea:

—En la película, el personaje principal desciende a un planeta que tiene mucha gravedad y se encuentra cerca de un agujero negro. Allí, él está una hora pero cuando regresa a su nave, lo que para él había sido una hora, para su compañero habían sido veintitrés años.

Yo me reí y le contesté que era una película de ficción, que no me podía dar de ejemplo una historia que no era real. 

—Está comprobado científicamente; el tiempo es lo que percibe tu mente. Albert Einstein y Stephen Hawking lo explican.

Ante  nombres tan ilustres con los cuales me refregó sus conocimientos, yo, una mujer que —aunque leída— no tenía un respaldo teórico para discutir contra semejantes físicos, me quedé callada. Sin embargo, todo esto me dio vueltas durante horas, y recordé la frase de Deepak Chopra —a quien escucho mientras medito—: ¨Vive el presente, que es el único momento que tienes”. “Será así”, pensé.

Luego recordé que el embarazo de Aldana me pareció eterno, mientras que el de Mauro fue tan veloz que no retuve ningún hecho de la espera. También, pensé que mi boda fue un instante y cuando menos me di cuenta: tenía dos hijos. Pensé que mi vida había transcurrido en algo tan abstracto y, sin embargo, me parecía tan normal pensar en mi vida como años transcurridos. Los griegos creían que el tiempo era cíclico y que, cuando los cuerpos celestes volvieran a su lugar, todo volvería al principio. Y los cristianos en la biblia lo veían lineal; pensaban que todo tenía un comienzo y un final. La percepción es tan subjetivo. Recordé las veces que estudié la Revolución de Mayo. Imposible olvidar el 25 de Mayo de 1810, o el 9 de Julio de 1816, o el 15 de Agosto de 1945 o el 20 de julio de 1969: todas fechas. ¿Qué seríamos sin las fechas?, ¿Cómo recordar hechos de magnitud?

“El tiempo es implacable”, qué frase. Supongo que de alguna manera, el hombre debió aceptar que nacía y moría como todos los seres vivos. Y el tiempo también era una manera de recordarlo. Al llegar la noche, cenamos como siempre; Mauro, su hermana, su padre y yo. Mientras charlábamos de todo y nada los observé y casi vi, como en una película en edición, los cuadros de los almuerzos donde primero éramos dos, después tres y después cuatro. Donde mis hijos iban modificando sus cuerpos:  de medir cincuenta centímetros a un metro y luego, llegar al metro setenta. Era asombroso. Todos hablaban entre si y yo pensaba. Finalmente  decidí dejarme llevar por la vida, de todas maneras, muchos habían vivido y muerto sin preguntarse por el tiempo. O, más aún, nunca encontraron una respuesta, ¿por qué tenía que hacerlo yo?

Pero mi hijo, antes de que   todos nos fuéramos a dormir me tiró una frase que leyó en su celular: “El futuro se vuelve presente y el presente se transforma en pasado”.

Mientras iba hacía mi habitación pensé: “¿No podía dejarme dormir tranquila?”. Me esperaba una larga noche de insomnio.

EL PLACER

Sabía que cuando se enterara de mis ahorros, comenzaría a hurgar todas mis cosas. Todo es culpa mía; salí apurada, y olvidé levantar el comprobante de mis haberes. Mi secreto quedó al descubierto. No pude haber sido tan tonta, había logrado convencerlo de que ganaba una miseria —nunca le dije que habían aumentado mi sueldo—, por eso escondía la diferencia. Mi objetivo: huir. “Algún día” pensaba “Algún día escaparé, me iré de este maldito lugar, de esta cárcel, y jamás me encontrará”. Libre de sus controles, de sus celos, de sus golpes, de mi miedo.

En mi mente lo vi levantar mis sábanas y tirarlas al piso. En su frenética búsqueda  levantó el colchón y buscó en el hueco que había en el extremo, pude sentir como su mano tocaba la lana y la rozaba con sus dedos, en busca de un bollo de dinero, o quizás una bolsa bien doblada, y hasta podía escuchar sus gritos. Pero no estaba allí. Hizo lo mismo con la almohada. Lo vi en el medio de la habitación, y quedarse inmóvil con la mirada fija en el espejo. Lo descolgó y observó su parte trasera, rasgó el papel y desilusionado constató que allí tampoco estaba el dinero. Rompió mi alhajero, hizo trizas la pequeña repisa con los libros que tenía de cuando intenté estudiar, y me obligó a renunciar por su desconfianza enfermiza.

Sentí placer de su fracaso, de su furia, pero no pude evitar imaginarlo husmeando cada rincón; el baño, la cocina, mis zapatos, mi ropa, pero jamás, jamás se imaginaría, que el dinero había estado ahí frente a él, en el portarretrato de su madre. Aquel cuyo vidrio se hizo añicos cuando se lo arrojé defendiéndome.

Pero su reacción fue tardía, no fui a trabajar como él —seguramente— pensó. Hoy me llevé todo el dinero que guardé tras la foto de mi suegra. Ella nunca se imaginará lo útil que fue para mí. Me sentí libre, encaminé mis pasos al shopping, compré ropa nueva, también una valija. Luego me detuve en una peluquería, me corté el cabello, de rubia pasé a castaño oscuro. Me permitieron cambiarme allí. Jamás disfruté tanto. Tiré mi ropa vieja en el tacho de la basura. Me dirigí al aeropuerto,  en mi pasaje mi destino dice “España”. Voy con trabajo, mi patrona tiene a su madre en el viejo continente, seré su asistente.

En el avión, todavía puedo verlo sentado en la vereda, esperándome, imaginando el escarmiento que me dará. El avión comenzó a moverse para despegar, es de noche, y él sigue esperando enfurecido. Que espere sentado.

LA DISTRAIDA

Me esperaban a las ocho y la verdad es que estuve antes. Jamás me habían citado a un tribunal, menos como testigo, pero mi curiosidad de conocer el ambiente de litigios y el medio leguleyo me hicieron despertar muy temprano. Mi ansiedad me hizo vestirme y desayunar rápido. Hasta el taxi llegó inmediatamente, no pude evitar contarle al chofer para qué iba a tribunales. Le conté todo, el hombre no parecía asombrado, quizás estaba acostumbrado a trasladar gente al Palacio de Justicia, o no le dio importancia a mi historia. En un instante me encontré en el pasillo, sentada frente a la fiscalía de la doctora Lesama. Esperé educadamente como una señora mayor, saqué mi tejido—punto por punto—, mientras hacía uno al derecho y otro al revés, miré a mi alrededor, gente, muchos problemas, policías, abogados. Ellos ni me notaban, yo observaba, podía tejer con los ojos cerrados.

Le expliqué eso a la doctora, cuando me preguntó cómo era la vida de mi patrona, yo le dije que muy poco podía decir ya que mi relación con Doña Isabel sólo era laboral. Es cierto yo trabajaba todos los días sin francos, ni fiestas, pero bueno, así era mi patrona, no podía estar sola, aunque nunca estaba sola. Le aclaré que todos los días el señor Lievman la traía del negocio que ella dirigía en Nueva Córdoba, en su automóvil. Lo estacionaba a unos metros de la casa, aunque hubiera lugar para hacerlo en frente.  Ella se demoraba en entrar a la casa y estaban un tiempo largo en el auto hablando. Ella se bajaba y se acomodaba la ropa, porque es muy coqueta, jamás la encontraría  desarreglada o sin maquillar ¡Si tendrá cremas y perfumes!, todas las botellitas que se le ocurra, y todos regalos. Como le decía, luego ella entraba y volvía a salir para regresar entre las veinte y las veintiuna, porque el señor volvía  a las veintiuna y treinta. Don Ernesto es muy puntual, jamás se demoraba como la señora, y ella como sabía que el doctor volvía a esa hora, para agradarle y no discutir, le decía que se había aburrido en casa todo el día. El señor a veces me preguntaba, y yo le decía la verdad, porque el sueldo venía del señor, y yo no sé mentir. Y bueno, usted sabe, los matrimonios sin hijos siempre tienen problemas, porque los hijos unen más a la pareja, lo sabré yo que se me murió Juancito y  mi marido me abandonó al poco tiempo, por eso trabajo en casas de familia.

Como le contaba, esa noche el señor volvió más temprano. No sé qué fue lo que pasó, pero guardó su auto y se sentó en el living —donde me suelo sentar a tejer cuando los patrones no están—  al lado de la ventana como quien espera a alguien.  Me pidió un whisky, yo se lo serví  rápido. Me extrañó que no me preguntara por la señora, pero ellos no tienen porque decirme nada a mí. Lo único que sé, es que sentí una puerta golpearse y como un estallido, y luego, como a las media hora —lo sé porque mientras planchaba estaba mirando la novela turca del ocho, que ya terminaba— la policía llegó. Me asusté, imagínese usted, que entren dos policías armados hasta los dientes en la cocina mientras veía el final de la novela. Por el susto, dejé la plancha sobre la prenda; se me quemó la camisa que estaba planchando. Yo quería decirles —por el olor a quemado—,  pero ellos me hacían un gesto con el dedo sobre los labios para que me quedara callada.

Yo le dije, como le digo ahora, que no vi nada. Estaba en la cocina cómo iba a ver y menos escuchar, soy media sorda. No puedo saber qué pasa si no lo veo. Y veo muy poco, como se habrá dado cuenta usted. Soy una distraída.

Los ojos

LOS OJOS

Cada mañana cuando desayunaba veía esos ojos en la mesa redonda de la cocina. “No son ojos” se lo dijeron todos como si ella fuera una tonta, “Son marcas de la madera, no ves, están salpicadas sobre toda la base, son redondas y oscuras”. Si obvio que son marcas, pero justo están mirando hacía donde yo estoy sentada.

Me miran todo el tiempo, no son ojos enojados, tampoco tienen miedo, son ojos con una gran tristeza, hasta a uno le veo una lágrima, son tan tristes, es como si pidieran piedad.

Al principio les hice caso y traté de ignorarlos, y comencé a poner manteles para almorzar, desayunar, pero al final cuando levantaba todo, aparecían ahí, firmes, sin moverse, hasta con signos de recriminación por no permitirles vernos a su alrededor.

A mí me parecía mucho atrevimiento que se tomara esa confianza de mirar y escuchar, aunque de esto último no estaba segura, digo si escuchaba todo lo que decíamos.

Se veían oscuros, luego de los manteles vino la pena, yo soy así, no soporto ver sufrir a nadie y todos pensaron que yo estaba totalmente loca, por eso dejé de compartir ese pensamiento, sin embargo yo continuaba con mis convicciones. Empecé a condolerme de esa tristeza y cuando colocaba la mesa para el almuerzo, o desayuno, me tomaba el tiempo y la planificación de colocar los platos, los cubiertos, las bebidas, el pan, la fuente en cualquier lugar, menos donde estaban los ojos.

Daban la impresión que cambiaban su expresión al final de cada reunión.

El tiempo pasó y ellos fueron testigos de cómo cambió mi vida, cada uno de mis hijos tomó su camino, uno se casó y aunque venía bastante seguido a visitarnos, ya no era lo mismo; otra se fue a vivir a Buenos Aires, esa venía de vacaciones y la tercera se fue a las Europas, siempre me corrige cuando digo Europas, hablamos por skype, pero tampoco es lo mismo.

Y quedó Juan, que estuvo conmigo mientras Dios lo permitió, él también se fue. Al final es cierto las mujeres vivimos más que los hombres. Amaneció como dormido sólo que ya no respiraba, la noche previa me dio un beso suave en la mejilla,  me dijo “Hasta mañana” y se durmió. Tan simple como eso.

Aquí estamos los ojos y yo. Me siento y con una taza de café charlo con ellos. Le cuento de cuando conocí a Juan, de los chicos, de las novedades. Son esos ojos cansados ahora, quizás se cerraran junto con los míos. Son mi compañía en este momento,  hemos visto demasiado, muchos recuerdos, yo también estoy cansada, me voy a dormir, hasta mañana…

Ale L. Garay

2019

EL AUTO MÁGICO

Mi padre le decía ¨Fletini”, con los años y queriendo encontrar qué auto tenía ese nombre  descubrí en internet, que mi padre había dado en llamar “Fletini”  al Chevrolet Fleetline modelo cuarenta y siete.

             Fue nuestro primer auto, y el que nos haría vivir múltiples aventuras. En mi mente infantil, aquel  rodado con el cuerpo blanco y el techo negro tenía poderes especiales. Debo destacar que había una relación entrañable entre el auto y mi padre que nadie en su sano juicio podría definir como ¨amistad¨, pero que yo en mi ingenua mirada determiné como una conexión íntima, que comenzó cuando sus vidas se cruzaron.

Mis tíos decidieron darle otro apodo al bólido mágico, el sobrenombre elegido fue Panteón,  ya que cuando sus puertas se abrían, bajaban múltiples pasajeros en una cola interminable, tal era la capacidad interior de los asientos traseros. Era noble al cobijar a cualquier invitado fijo o temporal. Además  tenía poder de decisión, andaba cuando quería.

Recuerdo uno de esos viajes inolvidables a El Pueblito, en las Sierras Chicas, una mañana de domingo, con el cielo celeste y la vegetación en su variedad infinita de verdes. Yo iba observando ávidamente aquellos paisajes por la ventanilla trasera. Mi padre, de muy buen humor  tomado del volante, que era de madera barnizada,  comenzó a elogiar al auto inventando frases graciosas, que hacían reír a mi madre  y a mi tía Adela que nos acompañaba.

            “Toma curvas como nadie, toma sidra del Valle” dijo imitando el estilo como si fuera un locutor de radio y no alcanzó a terminar aquella frase fatídica, cuando el auto se detuvo mientras cruzábamos unas vías de tren.  Entre todos lo empujamos hasta estacionarlo al costado de la ruta. Veíamos como los demás autos pasaban raudamente a su destino mientras nosotros habíamos descendido y  mi padre intentaba hacerlo arrancar sin ningún éxito. Por fin su motor encendió cuando descansó lo suficiente, pero yo intuí que en realidad él también quería disfrutar del paseo como nosotros. Era de hacerse notar, y mi padre aprendió que no debía tomarse a broma  el trabajo del “Fletini”.

Pero la historia que quiero relatar, descubre a nuestro auto fantástico con un poder inédito y asombroso, era anfibio. Ustedes pensaran que esto es un invento, fruto de una gran imaginación, pero no, esto fue real.

            Regresábamos de un picnic a Colonia Caroya, programado con mis tíos por ser el día de Reyes Magos,  cuando una tormenta terrible nos detuvo en la ruta nacional 9. El viento sur azotaba el automóvil y grandes piedras empezaron a caer, mi padre estacionó bajo los plátanos buscando que no dañaran al auto, pero el material especial con que estaba diseñado impidió que entrara agua o se abollara su superficie. Todos manteníamos un silencio de miedo, sólo la radio transmitía los daños que estaba produciendo semejante tempestad. Cuando decidimos continuar pudimos observar muchos automóviles varados a lo largo de la ruta, pero el Panteón seguía su misión, aún con la vía inundada de orilla a orilla. Regresarnos a nuestro hogar era su objetivo.

            La ruta anegada seguía impidiendo continuar a cualquier automóvil que osaba tomar su camino, pero nuestro auto persistía  tercamente. Cuando llegamos al barrio, se veía agua por doquier, las calles eran espejos azules y mi padre no sabía si debía jugarse por ingresar. Algunas personas caminaban por las orillas y el agua les llegaba hasta los tobillos. Ese detalle lo animó  y allá fuimos, el motor tomó impulso, hizo como un ronquido de valentía y bajó por una pendiente como un toro envistiendo a la inundación. Y allí sobre el agua el automóvil flotó, era inaudito que se meciera sobre el agua, no podíamos creerlo, ni tampoco los observadores ocasionales, el motor se detuvo pero seguía su camino como un barco en alta mar. Nadie podía creer que un automóvil fuera anfibio, sólo yo y “Fletini” sabíamos que el motivo de tan impresionante acto eran sus poderes mágicos.

            Lo malo sucedió cuando mi tía abrió la puerta delantera derecha, el agua ingresó violentamente y a borbotones.  Los gritos de auxilio y el susto de todos fueron calmados con la tranquilidad de mi padre. Él y mi tío  empujaron al automóvil  anfibio hasta llegar a casa, ni siquiera tenían que hacer fuerza pues su capacidad de mantenerse en el agua los ayudó a llevarlo rápidamente.  Así de noble era.

 Pasada una semana,  los talleres se vieron abarrotados de automóviles que dejaron de funcionar por los daños de la tormenta. Nadie se sorprendió al ver a nuestro auto circular como si nada hubiera ocurrido. Esa fue la ventaja de tener un auto mágico.

Ale Garay. 2020